Cuenta Platón en Fedro que Sócrates afirmaba:

«Si creo que hay algún otro que tenga como un poder natural el ver lo uno y lo múltiple, perseguiré sus huellas como si fuera un dios».

En el flamenco, ese otro capaz de ver y expresar lo uno y lo múltiple tiene un nombre: Enrique Morente. En mi modesta opinión: Enrique Morente fue a la vez un grandísimo cantaor y un gran pensador. Siempre que pude, yo perseguí su pensamiento paradójico: cuando cantaba y cuando hablaba, también cuando callaba. Porque si algo nos enseñó Morente es a intentar no equivocarse ni equivocar a otros.

En 2009, en una entrevista que le hice para el diario Público, Enrique –con una sonrisilla entre perpleja y maliciosa- me contó lo siguiente sobre su forma de verse: «Me ha ayudado mucho darme cuenta de que soy un cantaor sin identidad. No sé de dónde viene mi cante. Mi madre cantaba pero no era cantaora. No sé, tendría que irme a Argentina, a ver si allí alguien puede venderme un par de carnés de cantaor. No tengo identidad y esto me habrá quitado muchas cosas, pero me ha dado la libertad».

En la medida que no soy, puedo ser lo que quiera, viene a decir Enrique. No perteneciendo a ninguna escuela, puedo pensar y hacer lo que me da la gana. Y aquí, como caída del cielo, descendiendo como el Espíritu Santo, me viene a la cabeza otra sentencia de Morente para enmarcar: “Nunca seré esclavo de mi propia palabra”.

Puestos a no obedecer, desobedecerse a uno mismo parece un mandamiento estrella en las tablas de la ley de un hombre y un artista que baraja al mismo tiempo dudas y certezas, y hasta posibilidades que no son ni lo uno ni lo otro.

Hemos venido a hablar de poesía, y a escucharla. En 1967 saca Enrique Morente su primer disco, que simplemente se llama “Cante Flamenco”. Y en ese álbum hay muchas maravillas de sabor añejo con fuste personal. Enrique abre cantando el mirabrás con una letra popular (se entiende que cuando decimos popular es de antiguo y desconocido autor). Dice así:

A mí qué me importa

que un rey me culpe

si el pueblo es grande

y me abona,

¡voz del pueblo,

voz del cielo!, y andá,

que no hay más ley

que son la obras

que con el mirabrás

tiriti y anda.”

Y en el mismo álbum de debut Morente canta la seguiriya de Enrique el Mellizo que lleva esta letra:

En contra
toito me viene en contra
el tiempo y la marea
los golpecitos de este mar furioso
se me salen por la popa”.

En el segundo disco “Cantes antiguos del flamenco” (1968), Enrique canta un martinete con esta letra:

Aquel que tiene tres viñas

y el pueblo le quita dos,

que se conforme con una

y le dé gracias a Dios.”

Habíamos escuchado esas letras en boca de otros, pero Enrique las hace suyas de una forma total. Estas letras –su poesía- revelan a un hombre y a un artista que tiene un centro de gravedad permanente en la preocupación social. Son los anhelos de libertad que siempre acompañarán a un sujeto artístico que quiere vivir su vida nada más empezar su carrera discográfica. Junto al compromiso social, otras obsesiones constantes en la obra de Morente son: la muerte, la pérdida de la madre, el desconsuelo, los amores y desamores, el desamparo, la noche, la soledad, la justicia, las prisiones, las habladurías, la risa, el júbilo, la esperanza y –en suma- algo que podríamos definir en su conjunto como la rabia de vivir.

Una noche de invierno, que nevaba con una insistencia y una tranquilidad pasmosa, eran ya las tantas de la madrugada. José Manuel Gamboa y este cura estábamos entrevistando a Enrique en un café donde solía ir a jugar al ajedrez hasta que el cuerpo aguantaba. Con el tablero de las blancas y las negras delante -mientras un parroquiano nos gritaba que Enrique Morente tenía que cantar por Frank Sinatra, porque lo hacía muy bien-, en esas nocturnidades el maestro nos explicó esto sobre las letras del flamenco clásico.

El artista flamencodecía Morentetiene en las letras un reto muy importante, porque se encuentra con una maravilla y con un problema. Los textos clásicos del cante jondo son tan poderosos y tan apasionantemente buenos que en tres versos te han contado una historia, pero por otra parte, a la hora de hacer textos nuevos que tengan la coherencia del mundo de hoy, es difícil, no ya superar aquellos sino quedar muy por debajo. Para mi gusto hoy se está haciendo mejor música que poesía en el flamenco, pero estas cosas se ven un poco a la larga, porque es una cosa muy sutil. No se puede cantar una barbaridad de letra con un sentimiento de expresión fuerte, no puedes cantar una letra vana con una fuerza tremenda porque se queda… Las letras del flamenco clásico las hicieron los cantaores. Se ha perdido la conciencia de que el cantaor es un poeta. Pero hay gente hoy que escribe cosas interesantes y que se van a ver con el tiempo”.

Pido perdón por recortar las piezas de Morente en plan Eduardo Manostijeras, pero si las pongo enteras, el tiempo se nos va de las manos y nos quedamos sin cenar. Vamos a escuchar una breve muestra de lo que estamos hablando con las dos letras que leí anteriormente. Primero va a ser La Verdulera, que es el mirabrás que abre el debut discográfico de Enrique Morente…

Y a continuación otro breve fragmento de la recreación que Enrique hace de la seguiriya de Enrique el Mellizo…

Enrique Morente – Toíto me viene en contra (seguiriyas de El Mellizo)

Estos dos cantes nos indican dos cosas:

Primero. Enrique Morente es un cantaor con una personalidad y un estilo ya conformados. Eso se irá engrandeciendo a lo largo de su discografía y de su vida artística, pero en el principio ya estaba ahí.

Segundo. Enrique Morente hace suyas de tal manera las letras que canta que tal parece que estuvieran hablando la propia vida del cantaor y de su pensamiento.

Esto sucede siempre que un cantaor le mete mano a las letras clásicas del flamenco y consigue transmitir, pero Enrique lo hace con tal convencimiento íntimo que tiembla el misterio. A esto lo llamo yo apropiación poética pertinente.

Y ahora viene bien recordar aquello que decía Picasso: «Un artista copia, un gran artista roba». Así que en el principio, a finales de los años 60 del siglo pasado, ya tenemos una primera identidad morentina: Enrique Morente, okupa poético.

Llegado a este punto, me parece pertinente recordarles esas palabras de Enrique Morente sobre la identidad que les cité al principio de esta charla. Me las dijo en noviembre de 2009, un año antes de su trágico y muy prematuro fallecimiento el 13 de diciembre de 2010. Fue en Rock Palace, unos locales de ensayo instalados en el madrileño barrio de Delicias. En las paredes había fotos de Iggy Pop y Metallica, camisetas de Iron Maiden y AC/DC, una Harley Davison de bolsillo en la que se montó Enrique. Trapo negro, cuero y calaveras. 

En tal ambiente, Enrique estiró su identidad:

«Estamos en un espacio del rock. Hace muchos años que vengo a ensayar aquí y me gusta. Me pongo las botas vaqueras y los blue jeans para cantar por malagueñas. Te vas a otros espacios donde no haya un micrófono tan bien colocadito para la guitarra de Pepe Habichuela y sales con las uñas partidas y medio pescuezo menos, hablando ronco. «

Dentro del estudio, a un costado de Morente, estaba su compañero y gran tocaor Pepe Habichuela, y un poco más atrás estaban su mujer Aurora, la madre de Aurora y algunos niños. Ese era el contexto humano, una escena de familia. Voy a repetir el axioma básico y añádanle la ironía y sentido de la paradoja que borbotea y bordonea en el habla de Enrique Morente:

Soy un cantaor sin identidad.”

En 1971 se produce la primera gran epifanía. En la voz de Enrique se levanta una tormenta de poesía. La identidad empieza a fijarse. Enrique Morente descubre la poesía del autor del Niño Yuntero y publica el disco Homenaje flamenco a Miguel Hernández”.

Acometíamos la recta final del franquismo que no cesa, y el patio de las Españas estaba gobernado con una mano de hierro implacable: estados de excepción, abusos policiales y judiciales, censura, cárceles, represión y tiros al aire que caían en el pecho de alguien.

Enrique, que algo ya barruntaba de estos temas, había llegado a Madrid siendo casi un niño. En Madrid se juntó con los grandes maestros del cante, maestros con muchas letras en la cabeza, también con muchos otros maestros de la vida y el arte. Y un amigo especial que Enrique descubrió por aquella época había muerto en la enfermería de una prisión de Alicante el 28 de marzo de 1942. Se llamaba Miguel Hernández.

Miguel dejó escritos estos versos con los que Enrique abre su disco de homenaje. Los versos de Miguel Hernández, sin duda, describen también al propio Enrique:

Que mi voz suba a los montes

y baje a la tierra y truene,

eso pide mi garganta

desde ahora y desde siempre.”

Vamos a escucharlo:

Sobre el poeta y sobre su legado poético, ético y político, Enrique siempre ha sido contundente. A mí me contó esto haciendo síntesis:

«Miguel Hernández siempre me ha acompañado y me acompaña en el camino. A Miguel Hernández le debo haber tomado conciencia de muchas injusticias. Miguel Hernández fue un justiciero, un defensor de las libertades. Con él me aficioné a la poesía y a la defensa de los derechos».

Todo el disco dedicado a Miguel Hernández es inmenso, por el texto, por el cante y por la oportunidad. Y la pasión libre por el poeta de Orihuela tendría una extensión seis años más tarde. Enrique incluye en su disco “Despegando”, de 1977, una identificación plena con el poema “Elegía a Ramón Sije”, que el cantaor titula “Compañero”.

Vamos a escuchar un breve fragmento dando cuenta de cómo el cante fecunda a la poesía….

Compañero (Extracto De _Elegía a Ramon Sije)

Del Morente que defiende a Miguel Hernández, datan muchas otras letras de contenido político implacable. La realidad y Enrique ponen el contexto para entenderlas dentro un nuevo sujeto que se está creando: el público de Morente. Ese público ha visto nacer a este cantaor comprometido en los teatros de la Universidad, en las radios con programas en clave de riesgo y en los tocadiscos y cassettes de la humanidad antifranquista, bajo el Guernika, que dibujaba otros horizontes en el salón.

En el flamenco durante el franquismo -por esa cosa tan elitista de que los que mandan tienden a despreciar lo que no entienden-, se colaron gritos de libertad que en otros géneros de la canción española fueron perseguidos y reprimidos con fiereza. Al flamenco no se le echaba cuenta. Era una cosa marginal, carente peligro.

Enrique Morente se encargó de demostrar que las cosas habían cambiado. La noche de la jornada en la que mataron a Carrero Blanco, el almirante que voló por aires en la calle Claudio Coello, Enrique actuaba en el Colegió Mayor San Juan Evangelista (desde el punto de vista policial: un nido de rojos) y solo pudo cantar un único fandango de José Cepero, que dice así:

Pa ese coche funeral

yo no quiero quitarme el sombrero

pa ese coche funeral,

que la persona que va dentro

a mí me ha hecho pasar

los más terribles tormentos.”

El flamenco convertido en explícita canción protesta no podía colar y no coló en fecha tan señalada. Se suspendió el recital por orden gubernativa, a Enrique se lo llevaron palante y al Colegio le cayó una multa de 100.000 pesetas.

Esa copla, que Enrique había grabado en pleno franquismo, fue censurada y hemos tenido que esperar hasta 2015 para escucharla en el disco “Y al volver la vista atrás”, un gran trabajo de restauración musical de los primeros discos de Morente, que es obra de José Manuel Gamboa y del técnico de sonido Carlos Martos. Y ante los dos que me quito el sombrero.

Y en este disco de 2015, felizmente, también encontramos otro cante, censurado en su momento, con los versos de Miguel Hernández. Se trata de “Andaluces de Jaén”, que me da a mí que fue censurado porque era lo único que al censor le sonaba a algo, por supuesto, peligroso. Y Morente quedó convertido en un tipo tan peligrosísimo como el mismo Paco Ibáñez. Luego, un par de años más tarde, el criminalísimo Franco se murió en la cama y algunas cosas empezaron a despertar.

Pero antes ya sucedían cosas raras, inclasificables para los esquemas del momento. En 1972, al año de haber grabado el homenaje a Miguel Hernández, Morente participa en un homenaje a Federico García Lorca que se celebró en la sede de la UNESCO en París y que fue retransmitido por Radio París. Sobre un lecho de ayeos que va creando Enrique se desliza la voz de Carlos Cano cantando “Anochece”. A Carlos se le pone una vena bastante negra en el alma y la garganta para cantar la historia de un tipo metido en un calabozo que saca la pena y el estupor:

¡No, no, no, no, no, no… ¿Dónde estoy?,
¿qué pasó? Hace frío.”

Este tema me recuerda profundamente a las cosas vanguardistas que por la misma época hacía la gran cantante francesa Colette Magny. Jazz y canción protesta en su caso, dos en uno.

Enrique Morente y Carlos Cano –los dos granadinos, hijos ilustres granadinos- se conocieron curiosamente en ese concierto de París, arropados por el nutrido subconjunto poblacional de los exiliados antifranquistas en la ciudad del amor . En 1976 se juntaron de nuevo cantaor y cantante para grabar el tema “Anochece” en el disco “A duras penas” de Carlos Cano.

Esta experiencia es importante porque da cuenta de los derroteros extramuros por los que se movía Enrique Morente en el tardofranquismo.

Antes de adentrarnos en el universo Lorca, me voy a detener en dos discos superlativos que van detrás de la publicación del colosal álbum “Homenaje a Don Antonio Chacón”, que tiene un lirismo desbordante en la poesía, todo exquisitez y delicadeza. “Rosa si no te cogí”, “No lo pasen por mi puerta”, “A que tanto me consientes”, “La lengua que de mi murmura”… Poesía de altura y cristalina. Y este homenaje a Chacón tiene unos cantes todopoderosos, con un Morente y un Pepe Habichuela en estado de gracia. No estaba de moda Chacón pero Morente decidió defenderlo y defenderse como un kamikaze.

Los otros dos discos superlativos son “Despegando” (1977) y Sacromonte” (1982), donde la voz de Enrique Morente ya ha inaugurado su propio ámbito y lo expone a calzón quitado y mente abierta. Temas como “Estrella” y “Defender Andalucía” hoy son himnos sin lugar a dudas del morentinismo y del andalucismo. En su momento estaban en sintonía con la canción de autor y la protesta reivindicativa. Podrían haber sido incluso himnos de la Andalucía naciente a la democracia.

Enrique Morente – Estrella

Las letras de esos himnos –“con pisada verde y blanca, que se nos caiga la venda que los ojos nos tapaba”– son de Enrique, y algunas otras también llevan su firma y si no la llevan, bien podrían hacerlo. Son versos que han sonado una y otra vez en los conciertos de Enrique a lo largo del tiempo: su particular “Like a Rolling Stone”. Son y serán cantes que irán ampliando la brújula de la libertad. Son versos que identifican a Enrique como artista tanto o más que a otros sus números uno. Se las leo cogiéndolas de varios cantes:

Que me van aniquilando
La gente anda diciendo
Y sigo por mi camino
Que las nubes las destruye el viento.”

Ay que la mano del verdugo,
Me ha matado una mala lengua
Y que la mano del verdugo,
Que el verdugo mata un hombre
Y una mala lengua a muchos.”

To el mundo me da de lao
Porque me ve en decadencia.
Pero yo me he echao la cuenta
Que el mundo no se acaba hoy
Y puede dar otra vuelta.”

Vayamos un poquitín más atrás en el tiempo, a 1975. Antes de cantar los versos de “Doña Rosita la soltera”, en los tangos del álbum “Se hace camino al andar”, se despliegan por todo lo alto estas dos estrofas:

A mi lengua le eche un nudo
Quieren que me esté callao
Y yo a mi lengua le eche un nudo
Esta gente son capaces
De hacerle hablar a un mudo.”

Si me deprecias por pobre
Anda ve y dile a tu mare
Si me deprecias por pobre
que el mundo da mucha vueltas
Y que ayer se cayó una torre.”

Una y otra vez hemos escuchado a Enrique cantar esas cosas y siempre han tenido un algo de queja autobiográfica. Una poética matizada, bien por la propia peripecia vital, bien por el contexto histórico y social.

Imagínense cómo sería escuchar lo de “que el mundo da muchas vueltas y ayer se cayó una torre” al poco de suceder el 11 de septiembre de 2001, después del salvaje mega-atentado que derribo las Torres Gemelas de Nueva York.

Otro ejercicio de fantasía. Sigan imaginando que escuchan a Enrique Morente cantando en el contexto de las guerras del Golfo. Y supongan que lo que tienen que procesar es esta estrofa de una cabal:

De un buen morito

a un buen cristiano

eso nunca se dará,

así se vuelva mora

toíta la cristiandad.”

Esas cosas sucedían. Enrique lo cantaba porque entendía que tenía sentido cantarlo. Quejidos de la razón…

Abro un paréntesis para ilustrar el compromiso de Morente consigo mismo. La viñeta sucedió en el ya mencionado Colegio Mayor San Juan Evangelista, el Johnny, catedral de la buena música y el flamenco. Tras varios cortes en el sonido, una vez reparadas la averías, Enrique trataba de concentrarse frente al micro y parte del público se impacientó. Sonaron gritos de apremio. Y Enrique, que era de no soltar chapas, pidió tiempo con estas palabras:

Perdón, pero es que además de arreglar los cables, también tenemos que arreglar los sentimientos”.

Arreglar los sentimientos es una frase que define a la perfección el anhelo poético de Enrique.

Luego hablaré de todo los demás, pero ahora me parece un buen momento para señalar los primeros escarceos de Morente con la poesía de Lorca.

Enrique me comentó que el primer libro que había conseguido leer entero fue “Doña Rosita la soltera o El lenguaje de las flores”, obra maestra del teatro que Federico García Lorca escribió en 1935. El libro consta de 87 páginas en la edición de las obras completas de García Lorca que publicó la editorial Aguilar en 1957. Un pequeño paso para un lector y un gran paso para la humanidad flamenca.

Ya saben la copla de este libro:

Abierta estaba la rosa

con la luz de la mañana;

tan roja de sangre tierna,

que el rocío se alejaba;

tan caliente sobre el tallo,

que la brisa se quemaba;

¡Tan alta!

¡Cómo reluce!

¡Abierta estaba!”

Una letra muy sexy que Enrique grabó por primera vez en el ya mencionado disco “Se hace camino al andar”, de 1975. Le acompaña al toque el madrileño Manzanita, un compañero de armas con el que Morente había hecho anteriormente una campaña de aposentado en México, que duro todo un año. Y en esa larga estancia en tierras mexicanas Enrique conoció a algunos hombres eminentes del exilio republicano español, a muy notables literatos. Esa experiencia, entre los exiliados españoles que soñaban con la caída de Franco y la vuelta de la República española -la de los hombres honestos-, abrió la mente y la sensibilidad de Enrique a la gran poesía española. Un puente que en su voz conecta el Siglo de Oro con la Generación del 27.

El cuadro de las iniciales aventuras lectoras de Enrique quedaría incompleto si no les contara también que en otras ocasiones el cantaor me dijo con un tono reivindicativo que el había aprendido a leer con los libros de Salgari, con las aventuras de “El Coyote” y con las novelas ambientadas en el far west de Marcial Lafuente Estefanía. Y con un orgullo cierto, recalcaba que sin esas lecturas primeras no habría podido llegar a los grandes autores que conocería después.

La poesía de Federico García Lorca ocupará un lugar cenital en diferentes momentos de la obra discográfica de Enrique Morente. Y en los conciertos estuvo ahí durante más de tres décadas.

Por cierto, hablando de conciertos, el artista que más veces yo he visto sobre las tablas ha sido, sin duda, Enrique Morente. Al echar la cuenta de los miles de conciertos de músicas variadas que, por mi afición y profesión, he tenido la suerte de ver, los de Enrique Morente suman unas cuantas docenas: los que más. Desgraciadamente no alcancé a escribir de todos ellos.

A Federico vuelve Enrique en 1990 con el álbum En la Casa Museo García Lorca de Fuentevaqueros”, que se abre con “El Lenguaje de las flores” y continúa con “Poema del tiempo” o “Canciones de la Romería”. Casi estamos ya en el núcleo duro lorquiano, pero Morente decide abordar a reglón seguido otros cuatro caminos diferentes en su discografía:

Nueva York-Granada (1990)

Con letras tradicionales y el magisterio en la sonanta de su legendario ídolo Sabicas.

 

Misa flamenca (1991)

Con textos de cante tradicional y versos –aguanta la pedrada- de Juan del Encina, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Lope de Vega y de Pedro Garfias, poeta de la luz en el ocaso, excombatiente republicano y muerto en el exilio mexicano. A mis ojos y oídos, entre esta “Misa Flamenca” algo libertaria y el posterior “Omega” hay una clara resonancia musical.

Negra, si tú supieras (1992)

Con mucho sabor cubano y taurino a veces, se viste de luces con los versos del gran mulato Nicolás Guillén, con José Bergamín, Rafael Alberti, Lorca, Miguel Hernández y San Juan de la Cruz.

Alegro, soleá y fantasía de cante jondo (1995)

Con el piano y las orquestaciones de Antonio Robledo (seudónimo de un músico clásico alemán y buen flamenco, Armin Hansen). Los versos para esta obra son de Pedro Garfias, José Hierro, Luis Ríus, Manuel Machado y José Bergamín.

Un poquito de suspense antes de llegar a Lorca.

Vamos a escuchar dos detalles. Uno de la “Misa flamenca” y otro del “Alegro Solea”, un principio y un final.

Enrique Morente – Salve

Así comenzaba Enrique la “Salve”, con sorprendentes versos del poeta republicano Pedro Garfias. Da qué pensar

Y así finaliza el “Alegro Solea”, también con letra de Pedro Garfias.

Alegro Solea – Enrique Morente